31/07/2018 francesc casadó 0Comment

El presidente estadounidense parece decidido a provocar la ruptura con Europa por el conflicto de intereses con sus aliados en temas comerciales, la OTAN o el apoyo del líder a la derecha radical del viejo continente. Fue en la reunión celebrada en la ciudad rusa de Sochi entre la canciller alemana Angela Merkel y el presidente ruso Vladimir Putin donde se discutió sobre la construcción del gasoducto Nord Stream 2, siempre bajo la grave amenaza de sanciones por parte de Trump. El proyecto prevé transportar carburante a través del mar Báltico desde Rusia hasta Alemania, con esta segunda ruta el porcentaje de gas natural consumido por el país teutón se duplicará hasta alcanzar el 60%. En Sochi también se abordó el actual estado del acuerdo nuclear iraní tras el anuncio de EEUU de retirarse del mismo y amenazar con multas e incluso procesos judiciales a aquellas empresas que mantengan relaciones comerciales con Teherán. El rechazo europeo a esta medida ha sido rotundo, sobre todo de Italia y Francia poseedoras de multinacionales petroquímicas vinculadas con el país persa.

Tras la reciente cumbre de la OTAN en Bruselas el presidente Trump calificó a la Unión Europea de enemigo, el enfado se debío a la negativa inicial de los jefes de Estado europeos a aumentar el PIB en gastos destinados a seguridad y defensa. Lo cierto es que durante el año en curso se han repetido las reuniones en el ámbito político y diplomático del viejo continente relacionadas con la necesidad de crear un ‘Ejército europeo’ sin vínculos con la hegemonía de Washington. En noviembre del 2017 la UE adoptó un plan de cooperación permanente en defensa y seguridad (PESCO) desarrollado en el ámbito de la refundación de la Unión Europea tras la crisis del Brexit. El PESCO tiene su origen en la figura del consejero para la Política Exterior y de Seguridad Común, conocido como Míster PESC, que fue dirigido por Javier Solana en el contexto de la Guerra de los Balcanes y la destrucción de Yugoslavia durante la década de los 90. Sus claves institucionales fueron crear una representación permanente de embajadores para situaciones de crisis en seguridad y un centro de inteligencia europeo que no existía. El nuevo PESCO incluye a todos los países excepto al Reino Unido, Dinamarca y Malta. El proyecto se basa en la cooperación para la creación de estrategias de defensa común pero no está resultando fácil su puesta en marcha, entre las naciones que se muestran más vehementes contra la unidad de acción está Polonia. El propio ministro de Exteriores de Alemania, Joschka Fischer, calificó a Varsovia de “caballo de Troya” de los intereses particulares de Washington con el propósito de debilitar a la Unión Europea y poder amplificar su rusofobia en el continente.

En Italia, cogobernada por la neofascista Liga Norte, se deja entrever una estrategia contraria a los principios del europeismo y la política de acogida de refugiados, aproximándose al discurso antiinmigración que Trump utilizó en Berlín al referirse al inmigrante como una fuente de grave inestabilidad para la sociedad. Fue en Alemania donde el embajador estadounidense, Richard Grenell, afirmó en el transcurso de una entrevista que haría todo lo posible por empoderar a los ultraconservadores por toda Europa implementando, de este modo, la política exterior de su país frente al gobierno centrista de la canciller Merkel. Desde el partido de izquierdas Die Linke, su líder Sahra Wagenknecht, exigió la expulsión inmediata del embajador de EEUU argumentando que “quien cree que puede mandar en Europa y decidir quién debe gobernar allí, no puede quedarse en Alemania como un diplomático”.

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