15/03/2013 francesc casadó 0Comment

Recientemente tuve la oportunidad de ver la película `7 días en La Habana´ gracias a una invitación por email del portal alternativo Cubainformación TV, organizador del evento. Para alguien como yo, que nunca ha visitado la capital de la isla caribeña fue una agradable sorpresa, pero su posterior visionado me decepcionó, fue frustrante comprobar como una película que intenta describir la vida cotidiana de la población omitía cualquier referencia al cruel bloqueo que EEUU mantiene hacia Cuba y transmitía el temor, siempre presente, al fantasma de una “primavera” en la isla.

El film se compone de siete cortos realizados por diferentes directores (Laurent Cantet, Benicio del Toro, entre otros), cada uno de ellos corresponde a un día de la semana, su desarrollo cíclico intenta reflejar las edades de la vieja y nueva metrópolis, desde el lunes, cuando un joven y solitario turista estadounidense descubre la ambigua vida nocturna en la capital hasta el domingo, donde una devota anciana en su altar dedicado a la virgen decide, a través de un perverso monólogo, desentrañar el destino divino de todos los presentes.

El resto de la semana se hace interminable, aunque solo uno de los directores es nativo se repasan todos los tópicos de la isla: la desesperada necesidad de emigrar, el turismo sexual, la religión católica, homosexualidad y santería. Solamente dos cortos destacan en calidad del resto aunque sea para recreación de sus directores, el israelí Elia Suleiman y Emir Kusturica, autor de `Underground´, ambos interpretan además el papel de protagonistas.

El único que consigue hacer reir con su humor es Kusturica interpretando un personaje VIP ebrio como Waits entre la banda nocturna habanera y de vuelta al aeropuerto en un taxi Seat 124 (nada que ver con la España de los años 70) hablando por móvil aturdido entre los líos de Zizeck.

Elia Suleiman representa a un diplomático que espera poder entrevistarse con Fidel Castro y pasea por la playa ensimismado con las escenas que encuentra a su paso, destaca la de un buzo que es recibido en la orilla por una seductora mujer, afortunado como es de poseer esa doble piel de neopreno que le permite mantenerse aislado de todo lo “decadente” que hay a su alrededor, una actitud excluyente y segregadora a la que nos tiene habituados la propaganda imperialista. Durante el resto del paseo se suceden unos silencios dignos de Pablo Alborán, por cierto, su verdadero nombre es Pablo Moreno, el apellido le viene de su bisabuelo el Marqués de Alborán, título concedido por el dictador Franco a uno de sus jefes de la armada durante la guerra civil.

Artículo publicado en Rebelión.org

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